Por Nicolás Nahuel

En un momento de la historia, la Teodicea se convirtió en una Antropodicea. Hoy, la Antropodicea se ha convertido en una Biodicea o, más bien, en una Ecodicea, aunque algunxs apuesten a una Tecnodicea. La justificación de cualquiera de estos dramas, de estas aventuras, de estas odiseas (sabemos que la etimología es espuria), las cuales llevan a derivaciones históricas de Dios, de la Técnica, de la Humanidad, de la Vida, del Hábitat, traen consigo una reconfiguración de los valores sociales humanos y nohumanos.

Entre el magma frío de la vida, ¿qué nos enseña el drama mundial de la pandemia más allá de seguir ciertas disciplinas? Que hay agonística de valores en pugna.

El liberalismo clásico es la filosofía política que se ha degradado, algunos quizá dirán que necesariamente, en el capitalismo actual: neoliberal, financiero, globalizado, neoimperialista. La palabra indicasu valor central. De la herencia trina de la Revolución Francesa que exclamaba ¡Liberté, Égalité, Fraternité!, sólo se quedaron con una libertad que hoy gira en su propio vacío.

¿Libertad para qué? Ese drama humano ya es bien conocido y no hace fatal demasiado énfasis para reconocerlo. El binarismo del bien y el mal son propuestas tentadoras de una teología política que no conoce de mixturas y de beatitudes contradictorias. El capital ha hecho prevalecer la libertad como su mayor instrumento existencial para favorecer sus intereses ciegos, ya que, en el fondo, ni siquiera hay una referencia a la libertad jurídica, sino a lo que se ha llamado libertad natural, como parte de una ontología que nos constituye como seres vivientes que en ella disponen su expresión máxima: somos lo que somos porque somos libres.

El feminismo bien ha puesto la crítica en la fraternidad como parte del corporativismo masculino patriarcal que consolidó la hegemonía moderna occidental en los estados nacionales asentados en la familia.

Además, sabemos que la igualdad puede ser y de hecho es injusta. Injusta en sus términos formales e injusta en sus términos informales: si algo existe, es la multiplicidad, la singularidad de cada quien, que no por eso deja de compartir una comunidad común. No hay tal uniformidad de lxs seres. Los ángeles lo saben.

El horizonte de la imaginación política sigue anclado en estos valores que son testigos de una subjetividad moderna y colonial que se está borrando o, mínimamente, entrando en disputa. Hay una crisis axiológica que se ejemplifica en la mixtura y contaminación de las distintas representaciones políticas. Por ejemplo, nadie que ejerza el poder real se asume fascista, neoliberal, populista, pero vemos constantemente practicas y discursos que nos remiten a su heráldica. Nadie se asume neoliberal, todxs lo somos. Nadie es fascista, pero siempre llevamos el enano adentro. Nadie dice que es populista, pero lo popular es irrecusable.

Quiero decir: hay que pensar en la recomposición de nuestros valores. Aquí tomamos el escaso ejemplo de la libertad, que nos parece tan significativo. Hemos visto como en nombre de ciertas consignas que traen inscripta esa palabra se han perpetrado atrocidades. Es uno de los significantes políticos más ambiguos y más utilizados en esta época junto con “democracia” y “yo”. Sabemos que todo nombre que se inscriba en la trama de sentido (Dios, Patria, Nación, etcétera) es susceptible de esas dramatizaciones y ángulos incongruentes, por demás polifacéticos

La libertad, para el bien y el mal, como neutralidad heterónoma, nunca es absoluta, sino que está viciada de factores externos. Además, no es sólo una facultad racional de la voluntad, sino que tiene una dimensión corporal (no los enseña el confinamiento).

El drama, parte de la tragedia de este tiempo es que la libertad hiperindividual se vuelve obstáculo del bien común. Su hipostasía egótica conduce la marcha alucinatoria que nos encuentra en el estado de la cuestión planetaria, propiedad privada de algunxs, propiedad colectiva de todxs.

Hay que pensar en valores que, seguro en algunos siglos, caigan en desuso, pero renueven la imaginación política y los entusiasmos personales y colectivos.

Una humilde propuesta: Equidad, Comunidad, Justicia. Valores que, además, no deben agotarse en la dimensión humana, sino saltar la frontera hacia lo nohumano, ampliando los límites de su emoción y movimiento.

La comunidad es anónima mientras la libertad tiene un nombre propio. La equidad sortea la homogenización de la igualdad. La justicia debe tender al bien común. Esto no dejará las simbologías ni las consignas heredadas para que, a la intemperie, se descompongan. Es un experimento social de transición (eso somos) y una tensión mutua entre lo que seguirán siendo y dejarán de ser las dicotomías individuo/sociedad, naturaleza/cultura, e inclusive, libertad/igualdad.

Esos valores, es decir, muchos más de los que aquí pueden enunciarse, son los que pueden caber en una “nueva normalidad”. Pero tampoco nos gusta la palabra “normalidad”, salvo que conocemos los hábitos, las costumbres, la cotidianeidad y la rutina, que algún lugar parecen merecer en nuestras vidas. Salvo que lleguemos a ser un animalisdubitationem, un animal no de costumbres, sino de incertidumbres respecto a su vida práctica, como vaticinó, o quizá nos ofreció, el gran filósofo Esteban Bullrich.

Sabemos que queremos tierra, casa, trabajo, paz, pan, agua y aire. Sabemos que hay una fiesta a la que no nos invitaron, una fiesta ajena, que la estamos pagando mientras se agitan las trompetas del fin del mundo, pero ¿era nuestro mundo?

Nos debemos a nuevas afectividades, racionalidades, vincularidades, y espiritualidades para sobrellevar y refugiarnos en el drama personal, colectivo y cosmopolítico que nos interviene. Mañana, martes 9 de junio del 2020, podremos volver a cierta normalidad, esa que no nos convence del todo, en nuestra provincia, la provincia de Newken, es decir,siempre dentro de las líneas imaginarias que traza toda frontera, con la materia de la que está hecha toda imaginación: asfalto,vehículos, personas, policía. ¿Qué haremos con nuestra libertad? ¿Qué protocolo guiará nuestras acciones? ¿Qué otros enigmas se guardan más allá de la ambulatoria y circulatoria desconfinación? ¿Estamos a la altura de nuestra drama histórico, localizado y singular?



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