El virus del pensamiento

El virus del pensamiento | por Nicolás Nahuel

Avaitprévu en quelquesortel’imprévu.
ALBERT CAMUS, La peste

Comienzo

Viralicemos el pensar, esa es la idea que se me presenta. Pero siempre que estoy empezando a escribir algo sobre el virus coronado, en cuestión de segundos, aparece otro artículo que descompone ese intento.

Si lo sólido se desvanece y lo líquido se evapora, lo que aquí se diga no tendrá nunca el valor de la sentencia sabia, del entusiasmo profético, de la certeza técnica o del coraje de decir la verdad. No es otra inscripción que la que nace de la banalidad del bien en su intención infinita de tener algo para decir. Una esperanza estratégica que busca un hueco en los discursos que desarticulan la posibilidad de un mundo mejor.

Prefiero escribir a campo abierto, sin anular la dimensión agónica de las narrativas, interpretaciones y discursos que están en disputa en este momento histórico. Muchas de ellas, si triunfan, se arrogarán el derecho de anunciar y componer el Nuevo Mundo y contarnos su pasado.

(Tengo el privilegio de estar en casa, aunque también habite la precariedad de que la geopolítica colonial del poder del coronavirus (híbrido natural-cultural), en el despliegue de su ser, todavía me deje leer, pensar, escribir).

Nudo

Se han agotado los nombres que han salido a opinar, demostrar, especular, exhortar. Autoridades políticas, científicas, artísticas, filosóficas, espirituales.

No me interesa tanto el tópico de una biopolítica antropocéntrica (no está demás decir que, si ésta es popular, hacemos bien en quedarnos en casa. En otro caso, inventaremos nuevos modos de desobediencia civil). Me convoca el evento-límite y ecocrítico del cual el virus no es la causa, sino el efecto, el síntoma.

Un giro realista, un regreso al mundo, devela la relacionalidad e interexistencialidad de todxs lxs seres que constituyen una trama común. Si bien el sujeto humanx-etcétera que se usa metonímicamente para hablar por todo y todxs no (re)presenta la multiplicidad heterogénea de implicaciones que ocupan el problema, si es el responsable de su mundialización. El destino de la devastación puede tornarse universal. Hay una potencia real, y tiene el ritmo del fantasma, que avanza sin rostro en esta crisis civilizatoria del sistema-mundo occidental capitalista-patriarcal-especista.

Digo que me interesa esa constitución de un tema común. La universalidad fáctica que contamina todo sentimiento-pensamiento que circunda. Pero como el tema, la cuestión, es familiarmente novedosa, porque ya siempre estuvo ahí desde hace rato, se abre una dimensionalidad reflexiva. Más bien, eso es lo que me interesa.

“Sólo los peligros de la sociedad entera turban el sueño tranquilo del filósofo y le arrancan de su lecho”, dijo Rousseau. Además, si es cierto, como dice Gramsci, que todxs podemos ser filósofxs, podría ser la primera vez que todxs lo seamos o, mejor dicho, que nadie lo sea. Podrán hablar lxs subalternxs, lxs subalterizadxs con la misma legitimidad que cualquiera.

No niego la (im)posibilidad de las condiciones materiales de existencia de otrxs para la reflexión, pero este es el juego al que invito: hoy todxs podemos filosofar.Por eso, justo en el momento en el que varixs nos vemos confinados a una serena impotencia, la famosa frase de Marx, que dice que lo que se trata es de transformar el mundo, bien puede ser invertida. Hay que interpretarlo. Estamos exigidxs.

Asimismo, ya sabemos que toda interpretación sobre el mundo es una acción sobre mundos, aunque, en tiempos de praxis, como la parte menos discursiva de un discurso, la interpretación no sea una fuerza suficiente.

Hay una voluntad de sentido abierta y un estado de ignorancia latente.

(Des)pliegue

Se hiende el mundo y, para muchxs, el desmontaje de la cotidianeidad, de la teatralidad ordinaria, la salida involuntaria de la enajenación y linealidad productiva, nos llama. No sabemos si todo se compondrá como una nueva reactualización del capital donde seremos más y mejor descartadxs. Pero antes de ese posible golpe, hay una apertura que nos deja informar una oportunidad: la disputa por esos discursos que mañana se arrogarán el derecho de narran el acontecimiento.

El planeta gira en torno a fuerzas ficticias no humanas: las ficciones que sostenían al viejo mundo mueren y el nuevo mundo se hace esperar (tarda agónicamente, si es que vendrá). “En el claroscuro nacen los monstruos”.

¿No tenemos el deber de contagiar el entusiasmo por el pensamiento y comenzar a componer nuestrxs propixs monstruxs? A quienes todavía podemos, la intensidad de la coyuntura nos fuerza a pensar. Se gesta una comunidad de flujo mental. Nos convertimos, por una vez, en ciudadanxs cosmopolitas por un asunto cosmopolítico. Esta plaga bíblica de langostas microscópicas, de un organismo no-vivo y microcelular, animó cierta respuesta en bloque del Dasein, que se encuentra como una colectividad transindividual que (se) interviene como especie.

En la reacción, sobresalen las metáforas bélicas (pongo en discusión sus rendimientos: si hay guerra, la ha empezado el capital) que toman al virus como exterioridad que jaquea una totalidad. Saltando la falacia, eso nos puede permite habilitar y habitar una experiencia límite que podría ser compartida: una comunidad mundial del límite.

Pero en las políticas y poéticas de la peste, ya prevista desde siempre, no todxs somos humanxs.

Ni fuimos, ni seremos.

(Una conciencia ecocrítica reclama la escucha de lx no humanx).

(Des)enlace

¿Qué quiero decir con todo esto? Que es un gran momento para filosofar. Para democratizar anónimamente la filosofía. Es una oportunidad para una reflexión intensa, sincrónica y de una excepcionalidad inmanente (sabemos que el virus no está afuera ni viene de allí). No estamos para llegar tarde, como quisiera Hegel, sino para repensar las ontologías del presente. El asombro, la incertidumbre, pueden ser reconducidas de su pulsión ecocida hacia la terapia y la catarsis, por las experiencias del límite (propio, ajeno, del mundo, sea mineral, vegetal, animal, maquínico, mental, corporal, humano, natural, artificial, simbólico, cultural, sagrado, divino o cósmico).

Esto es una (diet)ética, en sentido estricto. Y debe ser popular.Un hambre del que coman todxs. Una popularización de la filosofía, aunque eso constituya su aniquilación. Que el pueblo filosofe: el hecho maldito del país platónico. Esa filosofía popular, que no será ya la normalización de lo que es digno de ser pensado, tendrá una respuesta misteriosa, como toda respuesta, como toda pregunta que le nazca.

Podríamos ser una bandada de pájaros que vuela, no como el búho de Minerva, tampoco como el cuervo carroñero de Nietzsche, desde el canto coral de la calandria, al amanecer. Si se nos demanda, crearemos los nidos en los que nos refugiaremos para descansar, llegado el desastre, si es que la reflexión implica ese sacrificio. La línea vertical de la intelectualidad se derrama horizontalmente y el tsunami psíquico inunda toda isla individualista. En este orden del desconcierto, en el que ninguna autoridad tendrá el coraje, se afina el canto ante la miseria del Mundo.

(Ésta desorientación autoinfligida podrá ser el primer paso de una épica antiviral. La filosofía bien podría ser, etimológicamente, el amor a lo desconocido. ¡Nos han invadido la torre! Todxs aman lo desconocido, quizá hasta el hartazgo y la muerte. Hay un éxtasis por la catástrofe, por una violencia pura y sagrada, limpia. En trance con el estado de ignorancia generalizado, el pensar tropieza, en su torpeza, con su inevitable otredad: una realidad multiversal. Cae, da por tierra y se arraiga, se planta).

Corte

Para muchxs, este será nuestro campo de acción y militancia. Meditar, estar en el medio, en el entre del encuentro para dar con esos otros mundos otros. Entre el trauma y el apocalipsis, cuando el virus se vaya, como todo lo que se va, si es que se va, dejará un vació: relatos, narrativas, interpretaciones buscarán llenarlo. Con la ya poca tragedia consumada, hay grandes argumentos contra el Capitalismo-etcétera. Tendremos la oportunidad de un afuera, de un origen, quizá por algunos segundos: una epojé no-capitalista de excepción que pone a prueba nuestro “sentido del momento histórico” (kairós).

Entonces, ¿qué estamos dispuestxs a creer y qué podemos creer? Constelaciones que se yuxtaponen (no sólo en el presente, sino en el futuro y el pasado): un experimento bioterrorista de dominación, otra gran crisis cíclica más del capital, una purga ecofascista, el retorno del Estado (quizá con el chino como paradigma), la furia divina, la consumación de la metafísica, una guerra para el control biológico-cultural, la muerte de lx humanx, el final de una era geológica, el triunfo de la tierra, la feminización de la mundanidad… Sin importar la verdad de las teorías (conspiracionistas o no), sabemos de sus efectos prácticos. A diestra y siniestra, socialismos realistas, autonomismos heterónomos, liberalismos totalitarios, querrán atrapar los enigmas de las fronteras, de las (in)migraciones, de las (re)formas, de lo divino, de las tecnologías,de las (r)evoluciones, de la (im)potencia humana, de su supuesta excepcionalidad y su historia y economía.

¿Quiénes serán lxs seres que importen en esas leyendas? Los imaginarios (pos)apocalípticos tienen una fuerza performativa sobre la que la maquinaria monstruosa del Capital, que encima se nos propone indescifrable,siempre parece ganar: tiene secuestrada la imaginación. Quizá la imposibilidad de pensar su pérdida (porque hasta el fin del mundo se puede convertir en ganancia, quizá, de hecho, la ganancia máxima), también es una operación ideológica de inmunidad. Aquí es donde deberíamos educarnos, en una pedagogía de la imagen futurable: una imaginación sin educación sería ciega, una educación sin imaginación, vacía.

Yo, personalmente, a la extracción infinita, contrapongo la finitud de lo concreto y una esperanza de lo imposible.

Quizá, al final, al capitalismo le ganemos interpretándolo.

Epílogo

Ya todo dicho (tantxs nombres han hablado), sin embargo, persiste la sensación de que algo permanece impensado. Esa es la pobreza de la reflexión, del repliegue. La coexistencia y convergencia de discursos, deja al descubierto un mesianismo ansioso y hasta entusiasta que dice que, entre todo lo que está sucediendo en el mundo, todavía no sucedió nada, todavía no sucedió lo que tiene que suceder. Aunque hay un deseo sedicioso de sucesión al trono del virus coronado, en ese apetito de derrocamiento, la falta resiste. 

Entonces, ¿qué resta? Este entusiasmo negativo, casi fascista, problemático, nos habita. Cubrimos nuestra desnudez con el ropaje de lo inapropiable que hay en cada unx de nostroxs, para no dejarnos sustraer por lo casi-impensable. Desde nuestra casa, barrio, municipio, territorio, xatria o hábitat, hay que tejer mitos, pequeños mitos colectivos y micrológicos. Desde nuestra habitación, si por fortuna la tenemos, expandir la espacialidad y temporalidad cercana aproximando lo ajeno sin subsumirlo, sin amismarlo. Nos debemos una revisión de la vincularidad, la afectividad y la racionalidad para poder reinventar el afuera, el adentro, a lxs otrxs y a nostroxs mismxs.

Politizar es inventar nuevas almas, dijo Fanon. Una erótica de esta crisis, una pedagogía de la derrota (de todo eso que venimos siendo y sacralizando), se escuchan como una plegaria sin-dios de volver a la normalidad. Una normalidad que no puede ser la misma. Aquí la paradoja: el llamado para volver a la normalidad y la cotidianeidad, es consciente de que esa cotidianeidad no puede ser la misma. No puede configurar el mundo que venía siendo, entonces, esa cotidianeidad, será y no será cotidiana (si llega a ser). El (des)orden de lo común tiene el desafío de que los lazos que nos unen, que las vinculaciones y articulaciones, sean nuevas, diferentes, innovadoras, pero ordinarias y vulgares.

No luchar hasta que la normalidad sea imposible, sino que lo que era imposible, se vuelva normal. Normal quiere decir: solidario, común, hermano, equitativo, justo. ¿Pero la normalidad no era el problema? ¿Deseamos auténticamente una vida anárquica? La supresión de las relaciones de poder, para mí, es sinónimo de muerte. Lo único que sé es que no se pueden dejar las cosas como están, incluso escribiendo. Esa sería la tristeza más grande, si todo esto pasa y seguimos vivxs.

El virus del pensamiento, lo no-vivo del pensamiento, habita en nosotrxs. Su viralización nos muestra que somos el parásito de lo no-vivo, nuestro huésped, en su doble sentido. Y seguimos porque no sabemos parar y respetar la pausa, el silencio (que se nos antoja tan síntoma de un temido final). Su sentido nos fue robado o, más bien, tapado de ruido, plástico, fines y comienzos compulsivos, la procrastinación eterna de revolucionarnos.

Quizá el virus ya haya colonizado-evangelizado mis cuerpxs y esté delirado. Pero la bondad es el último bautismo de la voluntad.

El Sol se apagará algún día, habitantes del misterio.

Tierra, casa, pan, paz, agua, aire y trabajo.

Unámonos, (ex)humanxs del cosmos.

Animemos a pensar con (nos)otrxs.

Nicolás Nahuel