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Enseñar en tiempos de pandemia y aislamiento social

Por Lautaro Steimbreger
IPEHCS, CONICET-UNCo
FaCE, UNCo.

Enseñar en tiempos de pandemia y aislamiento social. Algunas observaciones de este lado de la pantalla.[1]

Lautaro Steimbreger[2]
IPEHCS, CONICET-UNCo
FaCE, UNCo

Para iniciar, una oportuna advertencia: pensar el presente, nunca fue una tarea sencilla. El hecho de ser parte de los sucesos, estar viviendo eso sobre lo cual se quiere reflexionar, nos ubica en un lugar un poco extraño: entre las ataduras de los prejuicios y las ínfulas de clarividencia. Ahora, y como es el caso, si el presente se nos hace presente en su mayor vertiginosidad y signado por la más honda excepcionalidad, la dificultad aumenta de manera exponencial. Es que pensar, precisa tiempo… Y, con pensar no me refiero a un buen pensar, sino a aquél esfuerzo humano que entremezcla pasión y razón para atribuir nuevos sentidos a algo; y, con tiempo no me refiero a un tiempo cronológico, sino a una demora, una pausa, un tiempo ocioso y silente que va a contrapelo de la premura -algo muy difícil de hallar en estos días-.

Estos tiempos parecen mayormente atravesados por el ruido y la celeridad, por la urgencia y la precipitada verborragia de lxs gurúes, lxs iluminadxs y lxs tiraposta de turno. Entonces, ¿qué decir en estos momentos?, ¿qué voces o palabras son las autorizadas para nombrar algo de los que (nos) pasa?, ¿cómo sortear el obstáculo que implica la celeridad y la urgencia, para que el pensamiento tenga lugar, y con él, un puñado de afirmaciones modestas que nos ayuden a transitar con mayor soltura y liviandad la espesura de los días?, ¿qué enunciados podrían arrojar algo de luz a estas sombras, cuando el lugar de la enunciación se ubica bajo su lánguida proyección?, o por el contrario, ¿será que amerita sostener las sombras y esperar a ver qué pasa?

Quizá sea hora de plantear problemas, compartir interrogantes y, también, arrimar algunas ideas, esas que nos hacen asentir con la cabeza cuando logran tomar forma; ideas que,por más flacas, tenues, fragmentarias, provisorias e incluso contradictorias que parezcan, pueden devenir el impulso necesario para que florezcan otras ideas, más novedosas y potentes. De este modo, al menos, haremos circular las palabras, incentivando la acuciante conversación.

1. Entre la pandemia y el aislamiento

Si bien un fenómeno se desprende del otro, son cosas distintas. La pandemia, por definición, es global, y pone a la especie humana en una relativa condición de igualdad, por sufragilidad ante el agente patógeno; el aislamiento social[3], en tanto medida de los Estados para enfrentar la pandemia, tiene rasgos diferenciales según los contextos (nacionales, provinciales y regionales) y las condiciones de vida. Asimismo, mientras uno nos pone de cara a la enfermedad y la muerte biológicas, el otro nos confronta con la soledad y el encierro. Es una idea bastante aceptada la de concebir al ser humano como sujeto biopsicosocial. Siguiendo esta premisa, la pandemia resulta una amenaza directa contra la dimensión “bio”, y el aislamiento contra la dimensión “social”. Y, por supuesto, lo psicológico se ve afectado por ambos flancos. Una distinción tal, se justifica solamente a los fines de identificar determinados efectos que estos fenómenos pueden producir en las subjetividades y en el complejo sistema salud/enfermedad.

Creo que resulta imperioso avizorar que lo que estamos viviendo cala hondo, tocando los tejidos más profundos de ciertas nociones, valores e ideas que creíamos férreas y orientaban el camino. En el trajín de los días, y aun con el advenimiento de un tiempo pospandemia, ¿podemos acaso seguir pensando del mismo modo el Estado,la democracia, las instituciones,los lazos sociales, los vínculos sexuales y afectivos, la solidaridad y otros grandes valores, las nociones de individux y sujetx, nuestra relación con la naturaleza, los modos de producción y el desarrollo económico, e incluso la idea de humanidad, que ya venía bastante vapuleada?

No son pocxs lxs intelectuales que aparecieron prontamente en la escena mediática para arrojar diagnósticos y pronósticos de la situación global ante el Covid-19. El filósofo esloveno Slavoj Žižek (2020), por ejemplo, afirmó que “lo único que está claro es que el virus destruirá los mismísimos cimientos de nuestras vidas”, y agregó luego: “No habrá ningún regreso a la normalidad, la nueva «normalidad» tendrá que construirse sobre las ruinas de nuestras antiguas vidas, o nos encontraremos en una nueva barbarie cuyos signos ya se pueden distinguir” (p. 7). Sentencias que pueden sonar alarmantes, pero también verosímiles.

Si ya veníamos describiendo la experiencia subjetiva de los últimos decenios en términos de liviandad, inseguridad, desprotección, inestabilidad, fragilidad, precariedad y desamparo; ¿cómo nombrar lo que nos pasa ahora?, o ¿qué nuevos sentidos y matices adquieren estos significantes que a la luz de los días parecen huecos, leves, cuando no extemporáneos? Y, como bien podemos atestiguar, lo que estamos transitando provoca algunos sentimientos que parecen complejizar y agravar la situación: oímos hablar de una creciente angustia, agobio, cansancio, estrés, desazón, incertidumbre, miedo, entre otros más difusos y revueltos.

Una palabra que resuena con fuerza en estos meses es “crisis”, y suele aparecer seguida de otras palabras bien conocidas que la adjetivan y le otorgan especificidad: “social”, “económica”, “sanitaria”, “política”, “humanitaria”, y no tardará en (re)aparecer la que designa nuestro campo: “educativa”. Aunque parezca gastada y vetusta, me animo a retomarla en su forma más genérica, porque logra nombrar en gran medida lo que estamos viviendo. La pandemia y el aislamiento social, tan generalizados e implacables, nos conducen a un estado de crisis que viene acompañado de experiencias de desorientación, malestar, pérdida y fracaso.

Claro está que no todxs vivimos del mismo modo esta situación, hay quienes la sufren más y quienes menos, pero la palabra crisis viene a nombrar algo de la experiencia más generalizada, lo común, lo que una u otra manera nos atraviesa a todxs. En su ensayo de 1959 sobre la crisis de la educación, Hannah Arendt (1996) afirmaba: “En cada crisis se destruye una parte del mundo, algo que nos pertenece a todos. El fracaso del sentido común, como una varita mágica, apunta al lugar en que se produjo el hundimiento” (p. 190). En estas dos oraciones queda expresada la doble fuerza de dicha palabra: por un lado, se señala la magnitud de lo que se pone en juego en cada situación histórica vivida como auténtica crisis, es una parte del mundo común lo que se ve amenazado, algo que en sus efectos nos incluye a todxs; y por otro, se devela la cara luminosa la crisis, esa que puede ser entendida en términos de oportunidad. Con la crisis se destrozan las apariencias, se borran los prejuicios, se instalan nuevas preguntas, y de este modo nace la oportunidad: la de detectar dónde se produjo el hundimiento y ver qué se mantiene a flote, y también, la valiosa oportunidad de renovar el mundo, salvaguardando lo que creemos merece la pena de él.

Ante este panorama, quienes nos dedicamos a la docencia, no sólo no estamos exceptuadxs, sino que vivimos de forma muy particular los avatares de la pandemia y el aislamiento (claro está que lo mismo se podría decir de cada ocupación, pero lo que nos ocupa aquí es la educación). Compartimos con todxs lxs ciudadanxs incertidumbres y malestares de diferente índole que provoca esta situación, pero dado el rol social que se ha construido de nuestra labor, la sombra de la crisis recae sobre lxs sujetxs adoptando una forma y una intensidad que les son propias. A continuación, algunas consideraciones sobre esto, presentadas a modo de disyuntivas o lugares incómodos.

2. Entre la omnipotencia y la impotencia

Una vez alertadxs por la amenaza que implica el Covid-19, e impulsadas las medidas del gobierno nacional para hacerle frente, muchxs docentes reaccionamos de inmediato como portando capa y espada. Una suerte de fuerza inercial caudalosa y bienintencionada nos impulsó a la acción: afrontar las dificultes y seguir enseñando. Acción dirigida principalmente a lo pedagógico, pero también, en algunos casos y un tiempo después, a lo socio-comunitario. Sobre este último punto no ahondaremos, pero sí amerita señalar que se han visto distintas y numerosas iniciativas impulsadas por docentes y directivxs (en un marco de organización gremial o de manera autónoma), para colaborar con quienes se hallan en situación de extrema vulnerabilidad: una población cada vez más creciente, que congrega tanto a lxs niñxs de sectores populares que asistían a sus escuelas, como a trabajadorxs precarizadxs y desocupadxs.

Ante la adversidad, nos pusimos en tarea: adaptamos las clases a los entornos virtuales, readecuando los contenidos curriculares y aprendiendo a usar diversas aplicaciones para habilitar nuevas vías de comunicación y para producir materiales audiovisuales; reorganizamos la agenda y los horarios de la semana en lo que compete al trabajo, pero también a la vida hogareña y otras actividades personales, aun cuando parece imposible la organización en cualquiera de sus formas; nos entregamos a las reuniones virtuales, de todo tipo, que siempre duran más de los 40 minutos[4] y nos impelan a reconectar hasta 3, 4 o 5 veces; procuramos ir dando respuestas a las demandas que paulatinamente iban emergiendo, provenientes tanto de las políticas estatales, como de los equipos de conducción y del grupo estudiantes y sus familias; asistimos a webinars y videoconferencias gratuitas que iban apareciendo, para instruirnos en el usos de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en estos momentos; y, sobre todo, nos sometimos full time a la gélida incandescencia de las pantallas y sus efectos colaterales.

Poco importa si esta (re)acción fue motivada por lxs pibxs, por La Educación, por la institución o por el salario; lo que llama la atención es que ante una situación tan excepcional como alarmante, no nos dimos tiempo –y, por supuesto, tampoco nos fue otorgado– para habitar el desconcierto, para detenernos en el presente inmediato y sentipensarlo. O, inclusive, no hacer nada, sin culpa, y celebrar el valioso tiempo del ocio. Probablemente, no podría haber sido de otro modo, al menos al inicio de todo este asunto, porque advertir la magnitud y la gravedad de la situación también requiere tiempo, justamente, por su excepcionalidad. Cerradas las escuelas y las universidades, nos vimos desamparadxs, desprovistxs de medios de orientación, y tuvimos que actuar con las herramientas que contábamos y en el camino ir inventando otras.

Se trata de una actitud, un modo de dar respuesta, que a simple vista puede verse de forma elogiosa, y que incluso ha ganado a través de los medios el mote de heroísmo[5]. Pero, no sólo el peso es muy grande como para cargarlo a cuestas y a la vez seguir caminando, sino que también la presunción de poderlo todo, tiene sus propios problemas. Y aquí, resuena con fuerza lo que hace años De la Aldea (2004) denominó la “subjetividad heroica” para el contexto de las prácticas en salud comunitaria. Con esta noción, la autora se refirió a una disposición,una modalidad de ser, hacer, estar, pensar y sentir; un modo específico de situarse ante un problema que, a los fines del trabajo en y con la comunidad, resulta más un obstáculo que una ayuda. Ante una catástrofe, ante un evento que pone en riesgo a la comunidad, el héroe o la heroína se viste en los más elevados valores para salir rápidamente a aniquilar el problema y así salvarla. Pero, uno de los mayores inconvenientes es que “desde la omnipotencia, y con la excusa de la urgencia, no deja pensar” (p. 5).La premura y la acción se imponen ante la detención y el pensamiento. Por otra parte, un auténtico problema –inédito y singular– no se borra de un plumazo; creerlo así y actuar en consecuencia, sólo puede conducirnos a su encubrimiento. Según la autora, pensar implica sostener el problema, introducir tiempo y ver qué pasa, qué se produce allí; además, es un pensar ligado a prácticas en común, un pensar-juntxs.

Por otra parte, pero en similar dirección, Esther Díaz (24 de abril de 2020)alerta sobre la variable tiempo-esfuerzo que se pone en juego en estos días ante el inusitado desafío de la virtualidad, y apela a la prudencia:

¿No habrá que bajar un cambio? ¿No habrá que apelar a la prudencia (en sentido filosófico)? Frónesis: sabiduría práctica, deliberar acerca de lo conveniente y lo inconveniente para determinada situación. La prudencia está al servicio de fines no buscados por ella. Su misión es proveer los medios favorables a todas las subjetividades involucradas. Los fines son valiosos: no perder el año lectivo. En cambio, los medios (a la luz de la experiencia) son discutibles y reclaman ser revisados. (parr. 11)

Por supuesto que no todxs lxs docentes sucumbieron a este impulso, tan proactivo como cegado. Otra gran parte, no cedió fácilmente a la lógica del seguir-haciendo (como si nada) o del hacer-¡ya!, y se mostró reticente ante la demanda de cambios de formas y contenidos. Por el contrario, lo que se hizo presente en muchxs otrxs docentes es la sensación de no poder –acompañada en ocasiones por un muy respetable no querer–, pero, no poder así, en estas circunstancias y con tan poco tiempo. Es que, sin dudas nos enfrentamos a una gran dificultad cuando se nos exhorta a cambiar con premura las prácticas de enseñanza que hemos logrado consolidar a lo largo de nuestras vidas, a fuerza de un sinnúmero de ensayos y errores, de satisfacciones e insatisfacciones; pero que, bien o mal, son las que hicimos propias y donde nos sentimos mayormente segurxs. Si a esto le sumamos el hecho de que muchxs docentes y estudiantes no cuentan las condiciones materiales mínimas para dar respuesta a las exigencias de este tiempo (al menos: contar con conectividad y ciertas tecnologías en el hogar),no podemos hablar de“sensación de impotencia”, sino de imposibilidad real e implacable.

Independientemente de cómo nos posicionamos inicialmente ante el arribo de la pandemia, el aislamiento y las exigencias para la continuidad pedagógica, lo cierto es que, quienes nos sentíamos con energía e imaginación para continuar la labor en los entornos virtuales, no demoramos en advertir serias dificultades y sentir el agobio y la impotencia ante algunos o varios aspectos de la tarea de enseñar en este contexto; y quienes ya se veían abrumados por la situación, igual tuvieron que adaptarse y seguir de algún modo. El tiempo de aislamiento fue transcurriendo y, como pudimos, fuimos sosteniendo algo de lo educativo. Hoy, probablemente, coincidamos la mayoría de lxs docentes acerca de la incomodidad y la incertidumbre que nos habita en estos tiempos, y con ellas, algo de malestar también se hace presente.

El par omnipotencia/impotencia puede resultar un tanto excesivo para precisar una de las disyuntivas en la que algunxs nos hemos encontrado, pues se presenta como estados absolutos, diluyendo matices. Sin embargo, y aun considerando los movimientos, formas e intensidades que pueda admitir en su seno, este par da cuenta de una fecunda paradoja: omnipotencia e impotencia son las dos caras de una moneda, como sugiere De la Aldea (2004), pues son interdependientes, se nutren entre sí. La subjetividad heroica emerge ante la impotencia (de lxs otrxs actorxs, de los saberes y teorías, de las prácticas instituidas, etc.), y a la vez, la omnipotencia genera parálisis, inacción, inhibición, impotencia. Lo que se opone a este círculo inhibidor es –justamente– la potencia, las innumerables posibilidades que entraña toda situación. En este sentido, cabe hacernos algunas preguntas: ¿qué sí pudimos en este contexto, en materia de enseñanza y vínculo pedagógico?, ¿qué otros posibles se ocultan en el pantano del presente?, ¿qué oportunidades nos obsequia?

3. Entre la negación y la esperanza

Al fin y al cabo, por propia voluntad y convicción o porque no queda otra alternativa, lxs docentes seguimos enseñando. Un gesto o rasgo del gremio que diversos autorxs ya han destacado con estatuto de valor: la obstinación (Meirieu, 2001; De Pascuale, 2015), la insistencia y la persistencia (Cullen, 2009; Larrosa, 2019). Contra viento, marea y pandemia, la labor continúa. Obstáculos y dificultades, ha habido siempre en la larga senda del trabajo docente, lo sabemos; pero la situación actual probablemente no deba ser leída como una mera dificultad o escollo. Es mucho más radical lo que está en juego y, por ello, dicho gesto o rasgo se resignifica.

La porfía, en este contexto, nos ubica en un lugar dilemático: seguir enseñando lo que veníamos enseñando –tecnologías mediante–, ¿no es acaso una forma de negar que el mundo en su entereza se encuentra en crisis, y con él los conocimientos adquiridos y nuestro propio lugar como docentes?, ¿no es una manera de hacer oídos sordos al estrepitoso derrumbe de los bastiones que resguardaban ciertos sentidos, valores, saberes y modos de relación (con unx mismx, con lxs otrxs y con el mundo) que creíamos sólidos, inextinguibles, coherentes y dignos de transmitir de generación en generación?, y más grave aún, sabiendo que cientos y miles de personas (y entre ellas, estudiantes, claro está),del país y del mundo, la están pasando verdaderamente mal y otra que directamente mueren, ¿podemos seguir como si nada estuviera pasando, como si fuera un mero continuum entre el aula de ladrillos y el aula virtual, como si el futuro próximo fuese simplemente un retorno?

En efecto, si hay algo que la pandemia y el aislamiento pusieron en evidencia es que las desigualdades sociales son mucho más profundas de lo que creíamos y enseñábamos en las clases. No pocas veces escuché la idea de que la pandemia, como no discrimina edad, sexo, raza, región, ni clase social, nos ponía en situación de igualdad; y lo mismo con ciertas tecnologías, que se les adjudicaba omnipresencia. Ahora el Covid-19 nos muestra con obscena claridad algunas cosas que desconocíamos, que a veces olvidamos o que directamente negamos: no todxs lxs estudiantes y docentes tienen conexión a internet, computadoras y/o celulares con saldo; no todxs lxs estudiantes y docentes cuentan en sus hogares con espacios y tiempos acordes para el trabajo; no todxs tenemos las mismas necesidades y urgencias, ni contamos con los recursos materiales y económicos para afrontar la crisis; no todxs tenemos suficiente fortaleza para afrontar la situación, y mucho menos para acompañar a otrxs. Y todo esto, en un trasfondo de injusticias históricas mucho más grave que persevera, cuando no se profundiza: siguen los abusos, las violaciones y los femicidios; maltratos de todo tipo en el seno familiar; se contabilizan más infecciones y muertes en las villas que en los countries; las regiones más alejadas y/o empobrecidas del territorio siguen siendo las más postergadas, ahora principalmente en materia de salud; lxs trabajadorxs informales alcanzan una precarización inaudita; lxs adultxs mayores, más dependientes que nunca, siguen encabezando los índices de riesgo de enfermedad y mortalidad; las personas en situación de calle… ¿alguien sabe algo?

Así visto, el panorama se torna más complejo y sombrío, y la palabra crisis –pronunciada con su mayor crudeza- logra nombrar algo de esto. Además, según los testimonios que llegan de otros países, también sabemos que todo puede ser peor. Entonces, las preguntas por el sentido de lo que hacemos y decimos en nombre de la educación, se hacen inminentes: ¿vale la pena seguir dando clases cuando todo parece derrumbarse?, ¿qué es una institución educativa en tiempos de aislamiento?, ¿qué nuevos contornos adquiere la tarea de enseñar?, ¿qué puede un cuerpo docente en este contexto?, ¿qué esperamos de lxs estudiantes y que esperan ellxs de nosotrxs?, ¿cómo afecta todo esto a las materias, los contenidos y las teorías que solemos abordar?, ¿educar, para qué?

Si, en el afán de continuar enseñando no se sabe qué, pasamos por alto todo esto (el estado de la situación y los interrogantes que nos arroja), nuestras prácticas se convierten en un como sí, en decires y acciones despojados de sentido, una actuación teatral sin gracia alguna. Si negamos lo que está sucediendo, lo que queda es simulacro y pantomima, cuando no irresponsabilidad y cinismo.

De todos modos, dudo mucho que haya personas entregadas a la ceguera total, y lo que vemos más bien, es que cada cual hace lo que puede con lo que tiene a mano o con lo que logra inventar. Y seguramente, las preguntas por los sentidos no tardarán en habitar los cuerpos, como piedra en el zapato.

El asunto es que la porfía tiene otra lectura posible, una un poco más amigable, e incluso justa: si paramos del todo, es decir, si abandonamos las aulas virtuales, desamarramos los vínculos con lxs estudiantes y suspendemos la enseñanza hasta nuevo aviso, ¿no estaríamos negando en acto que hay un tiempo por venir, un tiempo más o menos próximo cuyos contornos se irán dibujando a partir de lo que hagamos en el presente?, ¿no estaríamos negando también la potencia misteriosa del pensar-decir-hacer cosas juntxs, y que toda situación cobija mil y un posibles?, ¿no sería esto abandonarnos al fatalismo (ese que tanto mal le ha hecho a Nuestra América), como si hubiera un dios que escribe nuestro cruel destino?

Si bien el escenario actual muchas veces se nos figura como una distopía de película hollywoodense (Žižek, 19 de abril de 2020), quedar abroqueladxs a esta idea anula la acción en presente y la imaginación-creación de otros mundos posibles.

En este sentido, la obstinación, la insistencia y la persistencia que demuestran con acto lxs docentes en estos tiempos,se revisten de un ropaje ético y político, y devienen una inoculación de esperanza, un gesto noble que exclama “¡hay un futuro!”, una invitación al movimiento y –¿por qué no?– la danza, a superar el estado de estupor y parálisis. Ahora,lo que nos llega son los ecos de Freire (2008a; 2008b), quien coloca a la esperanza en un lugar clave de su pedagogía. Para él, la esperanza trasciende la terquedad y la actitud de espera, porque la concibe como una “necesidad ontológica”, un “imperativo existencial e histórico” (Freire, 2008a, p. 24). Asimismo, para que la esperanza tenga efectos concretos sobre la realidad y adquiera calidad ética, debe anclarse necesariamente en la práctica y contar con una cuota de alegría (Freire, 2008b).Lo opuesto será la desesperanza y la desesperación, que inmovilizan y nos conducen al fatalismo. Compartimos a continuación una cita, que vale la pena en toda su extensión:

En las situaciones límite, más allá de las cuales se encuentra lo «inédito viable», a veces perceptible, a veces no, se encuentran razones de ser para ambas posiciones: la esperanzada y la desesperanzada. Una de las tareas del educador o la educadora progresista, a través del análisis político serio y correcto, es descubrir las posibilidades -cualesquiera que sean los obstáculos- para la esperanza, sin la cual poco podemos hacer porque difícilmente luchamos, y cuando luchamos como desesperanzados o desesperados es la nuestra una lucha suicida. (Freire, 2008a, p. 26)

Las dos posiciones tienen sus razones de ser, pero una nos impulsa a caminar –aun errando el camino–, y la otra nos inmoviliza. Cabe decir también, que no se trata de posiciones fijas, sino que se puede fluctuar entre una y otra. Y, si lxs docentes logramos hallar guiños de esperanza entre tanta niebla y tiniebla, estaremos en un lugar propicio y oportuno para convidar dichos hallazgos a estudiantes y colegas, ponerlos sobre la mesa y ver qué sucede.

Volviendo a la metáfora cinematográfica, cerramos este apartado retomando las palabras de Žižek que, parado en el presente y desde una posición disciplinar y teórica muy diferente a Freire, nos invita a pensar algo similar. Refiriéndose a un nuevo orden por venir, dice:

Esta realidad no seguirá ninguno de los guiones cinematográficos ya imaginados, pero necesitamos desesperadamente escribir otros nuevos, nuevas historias que nos proporcionen a todos nosotros una especie de cartografía cognitiva, una razón realista y al mismo tiempo no catastrofista de hacia dónde deberíamos ir. Necesitamos un horizonte de esperanza, necesitamos un nuevo Hollywood pospandemia. (Žižek, 19 de abril de 2020, s/p)

Quitemos Hollywood, y hagamos nuestro propio film en clave local.

4. Entre las promesas de la virtualidad y la nostalgia de la presencialidad

Las tecnologías de la información y la comunicación vienen, hace tiempo, ganando terreno en los espacios escolares -con más o menos éxito, con más o menos resistencias-; sin embargo, ahora parecen serla única vía para sostener vínculos laborales y educativos. De repente, un virus logró hacer realidad lo que muchxs anhelaban (en pos de la educación, la ciudadanía, el progreso o los intereses económicos): una aceleración de la digitalización del mundo –siguiendo las palabras de Carrión(9 de mayo de 2020)-.

El hecho de acudir a la mediación tecnológica para hacer (casi) todo desde casa, era ya una tendencia que la mayoría seguía: desde pedir comida, hasta realizar cursos en línea, pasando por el cine en casa y los sistemas de vigilancia con cámaras. Hoy, en cambio, es lo que hay,el último recurso para que la propagación del virus no aumente y logremos continuar con ciertas actividades. Se da, de este modo, un repentino pasaje de lo alternativo a lo único; de la opción por hacer uso de determinados recursos y herramientas tecnológicas para favorecer, enriquecer o diversificar los procesos de enseñanza y de aprendizaje, a su austera necesariedad. Un pasaje que, a modo de atajo, saltea el deseo y nos lleva directo a una exigencia: la de ser medianamente creativxs o habilidosxs para adecuar nuestras prácticas a las formas que modulan dichas tecnologías, y poder sostener así algo de lo educativo. Ante esto, muchxs nos vimos subyugados a un aprendizaje forzoso en materia de TIC y contenidos audiovisuales. Y, aún quienes ya teníamos una cierta familiaridad con algunas herramientas y recursos digitales, tuvimos que aprender e incorporar otras.

De esta manera, se instaló el teletrabajo, y con él, la sobrecarga de tareas, la metamorfosis de los espacios y la distorsión del tiempo. Se multiplicaron las aulas virtuales y espacios afines, al punto de saturarse de conexiones y sucumbir al colapso en numerosas ocasiones.Internet, ese abstracto rizoma de infinitas e infatigables conexiones, devino deidad bonachona que todo lo tiene, lo vehiculiza y lo puede. Lo que nos lleva a pensar que el verdadero acabose será cuando éste detone. El apagón digital como un nuevo apocalipsis, una distopía de la desconexión.

Avanzadas las semanas, fuimos advirtiendo también las sucesivas desconexiones en singular: estudiantes que no pudieron (y también algunxs que directamente no quisieron) seguir sus cursadas bajo las nuevas condiciones. En efecto, esta desconexión se percibió en la matrícula de estudiantes en diversas carreras universitarias (al menos lo puedo afirmar en el contexto de la universidad donde trabajo).

Bien sabemos que, con la emergencia y proliferación de nuevas tecnologías y recursos digitales, se generan también cambios en las prácticas y las relaciones humanas; y viceversa, cuando emergen nuevas necesidades, prácticas y modos de relación, lxs creadorxs de tecnologías, plataformas y apps ven su oportunidad para instalar productos que den respuesta a las nuevas demandas. Una dialéctica que en estos meses ha sufrido una fecunda aceleración. Con el aislamiento social, no sólo aumentó la cantidad de usuarixs de programas, aplicaciones y plataformas que ya funcionaban, sino que también se actualizaron, se readecuaron, se crearon nuevos programas, aplicaciones y plataformas de acuerdo a las necesidades y demandas de lxs usuarixs. Uno de los rasgos estéticos propios de este tiempo es, por ejemplo, la imagen de las videollamadas en nuestra pantalla: “La imagen de esa cuadrícula de rostros en lugares distintos resume lo que somos en estos momentos: una sucesión de celdas con ventanas de píxeles que comunican con otras celdas. Una colmena infinita y virtual” (Carrión, 9 de mayo de 2020, parr. 3). Claro está que antes de la pandemia ya existían y se usaban estas aplicaciones, y por eso este tipo de imagen no nos resulta del todo ajena; lo novedoso es su exponencial profusión en diversos medios y redes sociales, y también lo metafórica que resulta para ilustrar los vínculos interpersonales y los vínculos con las tecnologías en estos tiempos.

Ahora bien, ante la profusión de TIC y las prácticas que con ellas emergen, surge una pregunta que vibra e inquieta: ¿llegaron para quedarse?, o, en otras palabras, ¿se mantendrán estas prácticas y esta relación con las tecnologías en un tiempo pospandemia?Si bien ya se hacen oír voces que buscan dar respuesta a este interrogante, realmente no lo sabemos, y poco interesan las conjeturas y premoniciones que suponen un discurrir mecánico de los sucesos en el tiempo, un futuro predestinado. Es que quizá debamos hacernos otro tipo de preguntas, que nos implique más, como actorxs sociales y sujetxs de deseo: ¿qué aprendizajes nos dejan?, ¿qué queremos hacer con ellas y con lo aprehendido, cuando todo esto pase, cuando dejen de ser imprescindibles para nuestra labor?, ¿qué resultó enriquecedor para nuestras prácticas de enseñanza, y qué no?, ¿vemos ahora algo del orden de lo insustituible en los encuentros presenciales, algo que ninguna app o plataforma podrá colmar, y que procuraremos restituir y reivindicar cuando esto pase?, ¿acaso no extrañamos algo del cara-a-cara?

Sin dudas, la virtualidad nos está mostrando que hay otras formas de estar juntxs, que las pantallas pueden ser ventanas para encontrarnos, que la transmisión y la comunicación pueden hallar otros cursos y que la tarea de enseñar puede asumir otras formas. Otro asunto es si nos gustan o no, si nos potencian o no, Pero también nos está mostrando su lado oscuro: desde la irritación de los ojos por las largas horas de exposición a la pantalla, hasta la desconexión de muchxs estudiantes, pasando por la sobrecarga de trabajo, las numerosas interrupciones y enlentecimientos a causa de una precaria conexión a internet, entre otros pormenores que ya mencionamos.Lo que se instala es una disyuntiva entre las promesas de la virtualidad y la potencia de presencialidad cara-a-cara (que hoy recordamos con nostalgia): qué puede y qué no puede una y otra, qué queremos y qué no de una y otra. Esther Díaz(24 de abril de 2020), se refiere a este tema de forma más certera, haciendo énfasis en la desigualdad de género:

La tecnología (cuando se dispone de ella) es vigorosa para no perder contacto, pero no reemplaza a la materialidad y, paradójicamente, provoca más demanda docente. Ni hablar de la mujer docente que, además, es madre de escolares. Un virus misterioso le perforó la vida. (parr. 3)

Quizá esta situación nos permita revalorizar la insondable riqueza del estar juntxs, con estudiantes y colegas, en tiempo presente y de manera presencial (material), leyendo la lengua de los rostros y los cuerpos. La expresividad y los modos de afectación de los cuerpos, son un componente clave del vínculo pedagógico, y la mediatización de la pantalla opera fragmentando, recortando, pixelando, o directamente anulado cuerpos y rostros. Entonces, ¿qué clase de vínculo es el que se da en estas nuevas condiciones?, ¿qué afectaciones logran perforar la pantalla?, ¿hay verdaderamente un vínculo allí?

A modo de cierre

Si hay algo que se nos presenta con claridad en este tiempo de pandemia, aislamiento y distanciamiento social, es que el sacudón es fuerte y desacomoda muchos hábitos, prácticas y verdades que nos sostenían y marcaban un rumbo. Un sacudón que no da la opción de volver a un estado anterior. Pero, lo que vivimos hoy como crisis, es quizá, un punto de inflexión para abrir nuevos caminos, muy distintos a los que solíamos transitar con paso firme.

En el campo de la pedagogía, son profundas las transformaciones en curso. Las condiciones para el sostenimiento de las clases a causa del aislamiento social, y la calamidad que implica la pandemia para la vida humana en general, ubica a lxs docentes en lugares particularmente incómodos, como hemos desarrollado aquí.Lo que cabe resaltaren este último apartado, es que las repercusiones en el oficio de enseñar atañen tanto a la forma como al contenido. El uso forzoso de TIC y diversos recursos digitales, ya están produciendo efectos palpables en las formas de enseñar y de aprender, y la crisis generalizada producto del Covid-19, demandarán una detenida revisión de aquellos saberes y teorías que creíamos férreos, valioso y dignos de trasmitir a las nuevas generaciones. Es que lo que está en juego es el mundo, lo común –siguiendo a Arendt–, los mismísimos cimientos de nuestras vidas –siguiendo a Žižek–, y ante ello, nadie está preparadx, nadie dispone de un saber-hacer ni medios de orientación muy fiables. Muchas cosas tendrán que ser repensadas, y probablemente el pensamiento mismo tome insospechados rumbos y formas para producir sentidos a la altura de las exigencias.

Pero, como nos alerta Meirieu (18 de abril de 2020, parr. 16): “(…) sólo habrá un «mundo después», diferente del anterior, si la escuela toma su parte en su construcción”.En este sentido, quienes componemos las comunidades educativas tendremos que retomar las preguntas por los sentidos. Las álgidas discusiones sobre qué enseñar, cómo enseñar, en qué tiempos y espacios, y a quiénes, porque las próximas generaciones llegarán con la novedad más radical de todos los tiempos. Lo que se viene en la práctica, es la ardua tarea de producir situaciones educativas sobre los vestigios del viejo mundo, a partir de los saberes, sentidos y valores que sobrevivan a la debacle –esos que supimos resguardamos cálidamente entre los brazos–, los aprendizajes que fuimos cosechando en el camino, y también la sorpresa, esa que nos hace tomar caminos imprevistos.

Lxs docentes, de todos los niveles, seguiremos enseñando porque algo sabemos de esperanza, como nos lo recuerda Freire (2008a), y porque algo sabemos de amor, como nos lo recuerda Arendt (1996). El amor arendtiano, que es a la vez responsabilidad y cuidado, tensiona nuestro quehacer desde el principio de los tiempos, porque es doble: amar el pasado y el futuro, amar el viejo mundo y el mundo porvenir.Para cerrar, traemos las palabras de Link (8 de mayo de 2020, parr. 14): “Seguimos adelante porque amamos la clase. Pero la queremos viva”.

Referencias bibliográficas

Arendt, H. (1996). La crisis en la educación. En Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política (pp. 189-208). Barcelona: Península.

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[1] Este escrito surge por la invitación de la Universidad Santiago de Cali para participar como expositor en el panel “La educación, la escuela y el maestro en tiempos de pandemia”, en el marco del Simposio Internacional de Reflexiones alrededor de la Educación. Tiempos para re-pensar-nos. El panel se desarrolló de manera en línea el día 21 de mayo del 2020.

[2] Psicólogo, por la Universidad Nacional del Comahue (UNCo), Patagonia argentina. Docente investigador de la Facultad de Ciencias de la Educación de la UNCo. Estudiante del Doctorado en Educación, de la misma institución. Becario doctoral del Instituto Patagónico de Estudios de Humanidades y Ciencias Sociales (IPEHCS), CONICET-UNCo, Argentina. Correo electrónico: lautarosteimbreger@gmail.com.

[3] El Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (DNU N° 297/2020) se estableció el 19 de marzo del presente año y comenzó a regir el día siguiente. Alcanzado un cese en el número de personas infectadas de Covid-19 y un relativo control de la situación epidemiológica, el 7 de junio se decretó el Distanciamiento Social, Preventivo y Obligatorio (DNU N° 520/2020) para gran parte del país.

[4] Tiempo que otorga una de las aplicaciones de videollamadas, cuando se utiliza su versión gratuita.

[5] Si hiciéramos un improbable ranking de heroísmo a partir de los discursos circulantes, seguramente estarían en el primer lugar el personal de salud (no todxs, sino los más visibilizadxs: médicxs y enfermerxs), y luego quizá estaríamos lxs docentes.



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