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Lógicas de la revelación y de la felicidad

Ilustración del Apocalipsis realizada por el taller de Lucas Cranach en el siglo XV

The best lack all conviction, while the worst
are full of passionate intensity.
William Butler Yeats, The second coming

Si vamos a expresar la gran e inevitable caída que nos espera,
debe ser en los límites de la dignidad y la belleza.
Leonard Cohen, Discurso al recibir el premio Príncipe de Asturias de las Letras

I. Lo que viene y lo que fue

En Metafísica de la felicidad real, Badiou dice lo siguiente: “un acontecimiento es la revelación de una parte del mundo que no existía con anterioridad más que bajo la forma de una coacción negativa” y agrega “la correlación entre esta revelación y la cuestión de la felicidad es clara: como se trata del levantamiento de una coacción, de inmediato aparecen, para todos aquellos que sin reconocerla sufrían esa coacción, posibilidades inéditas del pensamiento y de la acción”.

En el mismo texto, el filósofo marroquí distingue entre estar satisfecho y estar feliz. La felicidad es propia de quien participa como sujeto de un acontecimiento en el que es tomado por su fuerza disruptiva. En cambio, la satisfacción es propia de quien participa de la lógica del mundo, por lo que su bienestar no es incompatible con la miseria mundana. Por el contrario, la felicidad real es contradictoria con la lógica del mundo.

Aclaramos: la lógica del mundo es la propia del sistema capitalista, por eso, más allá de lo risueño que suena el título, el libro es un manifiesto militante. Ser feliz es ser parte de un acontecimiento que irrumpe en y contra el mundo y su lógica, que se sustrae y se muestra como una excepción inmanente, es decir, en un afuera que no es más allá, sino como una posibilidad oculta por las misteriosas fuerzas de la coacción, la opresión, la dominación y explotación.

Ese resto negativo que hace posible tal acontecimiento siempre está ahí y se nos muestra, cuando aparece, como revelación. A partir de ella deducimos las posibilidades inéditas del pensamiento y de la acción, es decir, otro mundo posible.

Ahora, la pregunta es, esto que nos pasa, ¿es realmente algo que no veníamos venir, algo que no era ya y lo sabíamos? ¿No era claro a todas luces? ¿No estábamos más bien ofuscadxs porque eso que tenía que venir ya fue?

Quizá no para todxs, pero sí para muchxs, sólo hubo una segunda revelación, un segundo advenimiento: que aquello que ya estaba ahí y se manifestaba en nuestros sueños y pesadillas individuales y colectivas (libros de ciencia ficción, películas distopías, profecías ancestrales, etcétera) se concrete, ya gastado de tanta imaginación.

No había predicción científica (secularización certera de las adivinaciones) que valiera.

Y, como nadie es profeta en su tierra, ¡ver para creer!

Sin embargo, aún hay mundo.

II. Existencia

Tiempo de resurrección, de metamorfosis, de transfiguración. Una temporalidad que anuncia, a través del repliegue a la intimidad, una revalorización de lo familiar, de lo cercano(no en vano el recogimiento de las medidas de distanciamiento, es decir, de acercamiento hacia lo más hondo de mí). El pesimismo de lo universal y global contra el optimismo de lo local y regional, ya que lo abstracto bien puede ser una de las figuras del horror y lo concreto un síntoma de bienaventuranza.

El éxodo que el mundo emprendió del territorio de lo real hizo que lo extrañemos. Y nos sigue constando pronunciar: mundo. ¿Cómo transmitirlo si nos sentimos ajenxs a él? Es que, siendo honestxs, la novedad y la natalidad de un nuevo horizonte no fue más que un simulacro, una broma existencial.

Es a pesar del juego cómico/cósmico que hay que cogestar el fondo común de una xatria imposible, en el que nuestras existencias y nuestra felicidad sea compatible con toda la vida terrestre y el hábitat que la aloja.

Ni singularidad tecnológica, ecológica o divina. Debemos despabilarnos sin la irrupción de un evento, sin espera. Porque en el estado narcótico en el que estamos, no hay apocalipsis que valga. La sensación de este fin que nunca fue tal, tiene que ser la de un comienzo que nunca será. Cuidarnos de la especulación de una posible extinción, que bien puede ser financiera en su máxima ganancia.

Las metafísicas de la ausencia nos han privatizado la presencia y arrojado la esperanza que, en su exclusión inclusiva, lleva la inercia de la normalidad. Se advierte todo, pero no se puede desviar la marcha. Seguimos sintiendo que todavía no paso lo que debía pasar. “¿Y nuestra revelación? ¿y nuestra redención?”. No hay mesianismo que nos venga bien.

Es que no hay tal cosa. Si antes había cosas que no podíamos calcular, pero sí las podíamos controlar, ahora que las podemos calcular, no las podemos controlar.

Pero sí. Hay que darle el a lo imposible, con paciencia, prudencia, presencia y serenidad. Tomar lo prometido, lo pendiente, lo esperado. Y empezar, arrancar hacia otro lado.

Seamos creativos en este tiempo que se ha distribuido de la carga afectiva acerca del destino del mundo.

II. Militancia y razón

Somos lxs hijxs bastardxs de la razón lxs que hoy la defendemos en esta época de delirio. Quienes sabemos que tener la razón no es suficiente y que no ser escuchado no es motivo para guardar silencio, porque no es nuestro idioma. Conocemos más del grito, aunque a veces también usemos el murmuro. La garganta siempre más rota que llena.

Todo ante esta pérdida de racionalidad en el mundo y la ganancia de la imbecilidad y la idiotez, que no sabemos si es irresponsabilidad individual o responsabilidad individualista. Se representa en aquellas personas que gozan en transgredir “la autoridad” sin que se articule con una demanda política concreta, sin necesidad de transformar la propia vida. Para ellxs, es como un ejercicio lúdico, un juego cívico de contraste.

A pesar de eso, no es posible negar que, en la premisa de toda política democrática posible, es necesario sublimar al enemigo en adversario. Si no, estamos en otro ámbito de la política: la guerra. Además, no queremos sacralizar nuestro lugar de víctimas en representación de lo popular, por la culpa de clase que nos genera. El rol es el de una acción de aproximación indirecta hacia el horizonte, ya que existe una saturación de la crítica como analítica de la dominación y estamos convencidxs de la miseria de nuestra existencia.

Cansadxs de interpretar nuestra condición sujetada, retomamos a Tosco: no sólo lucha contra la injusticia quien la padece, sino quien la comprende. El problema es que padecer la injusticia no es necesariamente comprenderla, así como comprenderla no es necesariamente padecerla. Es necesaria una conciencia viva para llegar a esa comprensión, pero, lo que es peor, puede ser la misma condición de subalternidad la que puede impedir la comprensión, por la degradación psicofísica a la que nos puede llevar. Padecer la injusticia puede ser la condición misma de la incomprensión de dicha injustica (quizá el viejo problema de la alienación).

¿Será que tantas lógicas del “cuidado” nos meten miedo? Toda lógica revolucionaria del cuidado también tiene una pedagogía del coraje y del orgullo, sacando el resto te martirología que trae toda militancia. Por eso hay que retornar. Retomar las calles ese día. Prudencia y grito, saltando el hiato de la representación (política y ontológica).

Mientras tanto, la impotente inmovilidad que salva vidas y que, desde luego, debe organizarse. Esa corporalidad fantasmagórica que hace un trabajo invisible, la presencia interferida. Ahí en el que el sistema político, económico y sanitario se reúnen con el sistema inmunológico. Entre lo santo y lo sano, entre la sanidad y santidad.

III. Valor

Habrá que tener valor, como ahora, como antes. Quiero decir: hay que hacernos participes de una ética colectiva, en la que esa palabra no implica una carga, sino una orientación que da sentido, porque es parte de una insistencia, persistencia, resistencia, subsistencia y reexistencia.

Ética es la intromisión de lxs otrxs en tanto observo los límites de mi individualidad, es renunciar al hiperegoísmo. Es reconocer a lxs otrxs y a mí mismx como un posible otrx para otrxs. Es una entrega hacía el bien común interexistencial.

A principio del siglo pasado, con el auspicio de Nietzsche, se anunció a muerte de Dios. Con eso coronaba una investigación sobre la genealogía de la moral. Yo sostengo que, si bien Dios puede estar moribundo, la moral nunca muere (algo que Nietzsche seguro aceptaría). Ahora, ¿estamos en un escenario en el que se acerca la muerte de la ética y se derrumban sus ejemplo materiales y simbólicos?

No hablo de una crítica de la ética (ni una ética crítica tampoco), sino de que los lazos sociales con principios éticos se rompan para siempre y que nos quedemos en una especie de «facticidad de la moralidad» de que no se sabe si hay retorno.

Es que no hay progreso, ni caída, detención o retroceso, sólo conflicto. ¿Saldremos alguna vez del eterno empate catastrófico entre el bien y el mal? Todavía hay reservas de la dimensión ética de la vida. Habrá que ver si sobreviven.

Estamos en la estancia del desamparo.

No hay certeza, solo oportunidad.

Todo es una apuesta sin garantías.




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