MOVER-SE(R). Por Nicolás Nahuel

Este breve texto pretende indagar algunos matices de nuestro movimiento actual.

Por un lado, hay una horizontalidad diseminada propia del espacio en el que “nos vamos a ir yendo”–en esa triple conjugación del mismo verbo– de la cama al living, aisladxs (si hay living, si hay cama, si hay casa; si no, el encierro es la intemperie del Afuera). Por otro lado, la línea sagital del tiempo nos corta en una velocidad precipitada por la productividad o desde la pausa estéril de la serenidad. Así, la cruz que nos compone y atraviesa, está sujetada en los confines mediados del entorno cercano. Estamos conmovidxs por la inmovilidad y hay un retorno hacia lo íntimo. De ello, no podemos deducir consecuencias estrictamente individualizantes: la intimidad que nos aguarda bien puede acercarnos a lxs otrxs si nos lleva a esx otrx que somos nosotrxs mismxs.

Hace no mucho, salió un artículo de Horacio González llamado La inmovilización. En él dice que la inmovilización es

 “la forma orgánica del pensamiento político. Por el momento”

Hay que responder a la importancia del respiro final: por el momento. La inmovilización, como parte de la discursividad y la corporalidad política, no es más que una instancia dialéctica. Habrá, en algún momento, que movernos. Ese mover será de un carácter inaugural en tanto nueva forma y tono del pensamiento político y sus prácticas. La organicidad se constituirá diferente a los tejidos y desplazamientos ya conocidos, por el momento. La imaginación de movernos colectivamente, de mover nuestro ser y nuestro estar en el mundo, será desafiada por la prudencia de una distancia aprehendida en la reclusión.

El virus que inmoviliza esa distancia imposible de sortear sin riesgo, se conjuga con la virtualización de la cotidianeidad. Una habitación puede devenir café, bar, aula, gimnasio, etcétera. Sin especular sobre la problemática que es resignificar un mismo lugar para ser tomado por distintos acontecimientos, se puede ver sin mucha dificultad la complicación que genera para los movimientos populares y la ciudadanía en general: la pérdida de la corporalidad y el escenario de la calle.

Casi que nos avergüenza lo inmóvil que estamos y hasta queremos compensar la deuda con movimientos futuros: nos prometemos alguna sublevación. Es que valoramos más nuestra vida quizá, la vida de otrxs seguro, incluso la vida de quienes salen a propiciar la muerte con impunidad con la excusa de la libertad. Es porque somos responsables ante nosotrxsmismxs y lxsotrxs que asumimos que todavía no es tiempo de salir a actuar y que la inmovilidad que transitamos es un acto de esperanza y compromiso. No queremos preparar una pedagogía de la derrota y el sacrificio.

Los medios de comunicación se han transformado más que nunca en fines en tanto son el contacto más real con algún exterior. La hiperinmediatez de lo virtual nos muestra que todo puede llegar rápido y veloz. Las sustancias se aceleran. De algún modo, el flujo informático da con una movilización desenfrenada y quieta que no necesita distancia. Un movimiento vacío sin la distancia negativa de lo otro, de la materia bruta, de lo que está demás.

Queremos esa distancia, la necesitamos para movernos auténticamente.

La revitalización de la televisión como plataforma a causa del confinamiento, más la exposición obscena de la derecha en la calle sin ningún pudor colectivo, es la caricatura parcial de la desinhibición y el asco.

La multiplicidad de las resistencias dentro de los micropoderes, los microrrelatos revolucionarios, las microhistorias, los microsujetos y microbjetos, parecen más un diagnóstico que un método para encarar la situación.

La entrada al “postcapitalismo” sin un horizonte de posibilidades políticas concretas es un espejismo. Mas que una bestia cansada, la máquina-salvaje del capital se acelera y este retraso es el síntoma de que vuelve a tomar impulso.

Una antroponáutica nos aguarda dentro de la situación ontológica que vivimos como la invasión viral de nuestro hogar.

Los matices de nuestro movimiento inactual deben ser revisados cada día: mesiánicamente, cualquier hora, será la hora de moverse.

Es menester preparar el tráfico y la sacudida de nuestros cuerpos cayendo hacia las plazas y las calles. El contacto hará lo suyo entre sudor, hedor y lágrimas.

Por tanta cosa contenida, moveremos el Ser otra vez, lo haremos circular. Hay que buscar que entre en la cadencia rítmica del corazón.

La alteración de la presencia es transparente y la inquietud empieza a arrimarnos, más que hacia “adelante”, hacia arriba, en clara sugerencia de la eternidad. Cuando esto pase, habrá que sacar otro artículo, o más bien habrá que hacer que sucede un nuevo evento: La movilización.


Nicolás Nahuel

Estudiante avanzado de la Licenciatura en Filosofía
Facultad de Humanidades
Universidad Nacional del Comahue


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